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Entre su

Rebecca Aguado

 

Jeannette y Juan dedicaron más de 4 años de su vida a un noviazgo aparentemente feliz, que se acabó en cuanto terminaron la carrera. Fue como si hubieran agotado los temas de conversación para entrar en una competencia profesional que, lejos de dar trascendencia a su relación, marcó territorios incompatibles. Finalmente, Juan confesó que cuando se dio cuenta de que el noviazgo le reclamaba más formalidad, tuvo miedo de continuar; necesitaba “tiempo” para saber si Jeannette era la mujer con quien deseaba vivir.

Ésta es la encrucijada que visualiza un creciente número de parejas modernas que huyen de la responsabilidad como del demonio, no obstante ya tener todo preparado para la boda.

Quizá desconocen que el verdadero amor no es “sentir bonito” cuando se está frente al otro, ni estar de acuerdo en todo lo que se hace, porque cuando realmente se ama a alguien se adquiere un compromiso moral: ayudarlo respetuosamente a ser mejor, a crecer como ser humano en todos los aspectos. Y, por supuesto, a crecer misma.

Cuando somos chavitas soñamos con un príncipe azul y ellos con una supermujer. Es parte de la edad. Pero si a estas alturas de la vida la fantasía pervive, tendríamos que plantearnos con toda seriedad si no estaremos viviendo en las nubes. Porque personajes así sólo se ven en los libros o en las telenovelas, donde se navega a merced de la imaginación del autor.

Para muchas, el príncipe azul es un hombre maduro, productivo, estable, rico, guapo, inteligente y paternal, que cambie pañales, que nos acompañe al pediatra, que sepa preparar papillas, que sea una excelente pareja, tierno, que externe sus emociones, que no pida relaciones íntimas cuando estamos enojadas, y que cuando lo queramos se transforme en un amante insaciable.

Ellos, entre tanto, buscan a la mujer guapérrima, sexy, productiva, inteligente, modosita, excelente anfitriona, que desee uno o dos hijos cuando él lo decida, que no pida dinero, que sea autosuficiente, independiente y autónoma, que colabore en la economía familiar y que cuide a los niños; que lave, planche, cocine y tenga bien arreglada la casa, además de que se dé tiempo para cuidar su apariencia y, sobre todo, que no engorde.

Tales expectativas son poco objetivas. Muchas ni siquiera somos capaces de expresar lo que esperamos del otro. Yo no soy especialista, pero sé que en la vida nada es mágico ni gratuito. Hombres y mujeres hemos sido siempre los mismos, aunque las circunstancias han cambiado, y no siempre de manera positiva, como sería lo deseable. Hoy queremos que todo sea fácil y desechable, pero eso es imposible, sobre todo si se trata de hombres.

Nadie nace ya hecho; a veces toda una vida no alcanza para moldear nuestras metas y proyectos. Así, la pareja está integrada por dos seres inacabados que deberían estar conscientes de que van a esculpirse juntos, a partir de bases sólidas. Anhelar un príncipe azul o una supermujer a toda costa, puede llegar a convertirse en un obstáculo que nos impida ser felices al lado de un ser humano de carne y hueso, con potencialidades y miserias que, como nosotros, necesita comprensión y amor verdadero para perfeccionarse poco a poco.

Si hoy tantas relaciones se rompen a pesar del tiempo invertido, con frecuencia se debe a que no se está dispuesta a forjar una relación sana, sincera, basada en el verdadero amor, que no es sólo romanticismo, sino prueba constante de lealtad, comunicación, respeto y humanidad.

A pesar de que hoy estudiamos licenciaturas, maestrías y doctorados, no nos damos tiempo para habilitarnos en pareja, para hablar en plural, no obsesivamente en singular. Cuando cumplimos 30 años decidimos tener un compañero y suponemos que, por arte de magia, contaremos con las habilidades necesarias.

Relacionarse con otra persona es disponerse a dialogar, a encontrar acuerdos, a manejar enojos, a discutir (que no es lo mismo que pelear) y negociar. Y eso implica esfuerzo. Quizá el problema radica en que nadie desea comprometerse para lograrlo. Hay demasiado egoísmo.

¿Tú qué opinas? Comparte tu opinión con nosotras, en dudas o en tu voz. Vale.

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9/12/06

 

 

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